Ok

En poursuivant votre navigation sur ce site, vous acceptez l'utilisation de cookies. Ces derniers assurent le bon fonctionnement de nos services. En savoir plus.

EL SISTEMA LIBERAL-BUROCRATICO

EL SISTEMA LIBERAL-BUROCRÁTICO

 

ROBERTO PECCHIOLI

 

 

EL SISTEMA LIBERAL-BUROCRÁTICO

 

Roberto Pecchioli

 



Un conocido, animador de la oficina de turismo de un pueblo del interior, se queja con irritación de lo difícil que es organizar la fiesta anual del pueblo. No por falta de fondos, voluntarios o interés, sino a causa del poder aplastante y devastador de la burocracia. Se necesitan semanas de trabajo para obtener autorizaciones, rellenar formularios, satisfacer los requisitos de innumerables administraciones e instituciones, y organizar cada evento conforme a una cantidad exorbitante de normas, circulares y reglamentos.

Todo eso por unos pocos días de fiesta en una sociedad que se jacta de ser la más libre de la historia. No es verdad, como todos saben por experiencia directa. Vivimos en un sistema liberal-burocrático, un despotismo conforme a la ley.

No se trata ni de una contradicción ni de una heterogénesis de fines, sino de la consecuencia lógica del liberalismo real. Alexis de Tocqueville había percibido sus premisas en un célebre pasaje de *De la democracia en América*:

«Si procuro imaginar bajo qué rasgos nuevos podría producirse el despotismo en el mundo, veo una muchedumbre innumerable de hombres iguales, ocupados únicamente en procurarse pequeños y vulgares placeres, con los que satisfacen sus deseos. Sobre ellos se alza un poder inmenso y tutelar, que se encarga solo de asegurar sus bienes y de velar por su suerte. Es absoluto, detallado, regular, previsor y dulce. Se parecería a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero no busca, por el contrario, más que fijarlos irrevocablemente en la infancia. Le gusta que los ciudadanos se regocijen, con tal de que no piensen más que en regocijarse. Trabaja de buena gana para su felicidad, pero quiere ser el único agente y el único árbitro de ella; provee a su seguridad, prevé y asegura sus necesidades, facilita sus placeres, dirige sus principales asuntos, orienta su industria, regula sus sucesiones, divide sus herencias; ¿qué no podría quitarles del todo la inquietud de pensar y el penar de vivir?»

Un muy mal maestro, Michel Foucault, habló de una sociedad organizada como un «dispositivo». Incluso la organización de las grandes empresas privadas se caracteriza por el burocratismo, la rigidez y la adhesión irreflexiva a reglas minuciosas, a menudo incomprensibles. El liberalismo económico y el estatismo son hermanos y solo se oponen de palabra: caminan separados para golpear juntos. Incluso las profesiones llamadas liberales son prisioneras de protocolos, directrices y corsés restrictivos en los que el Mercado sacro —seudónimo del interés privado— y la bulimia normativa cumplen cada uno una función, con la ausencia de libertad concreta, la sanción y el control como consecuencias.

El desmantelamiento liberal —con el aporte fundamental del marxismo— de las normas culturales y de las costumbres ha engendrado un poder difuso, a la vez liberal en el plano económico y estatista-burocrático. Vivimos dentro de una singular criatura híbrida: el estatismo individualista.

El liberalismo fracasa en el momento mismo en que se realiza plenamente. Convertida en dominante a partir de los años noventa, la filosofía política nacida para realizar el tapiz pluralista —devenido un *patchwork* abstracto— ha producido un desequilibrio económico intolerable, ha impuesto la uniformidad —el mundialismo, las economías de escala, el consumo uniformizador del McMundo y de los centros comerciales idénticos en todas partes— y ha favorecido la degradación material y espiritual. Debe defender y extender esas realidades gracias a su alianza con su hermano enemigo estatista: su medio privilegiado es el monstruo burocrático, la progresión algebraica de las normas, de los controles y, por supuesto, de los controladores.

Su proyecto necesita de la megamáquina dentro de la cual se conjuntan la acción del Estado, de la economía, del sistema educativo, de la ciencia y de la tecnología. De ello resulta una sociedad de solitarios diversamente iguales, incapaces de entablar relaciones, saturados de derechos, definidos por libertades abstractas, incluso disolventes, impotentes, asustados y solos. Presas perfectas para el sistema del consumo y de las burocracias, maternales y envolventes tanto como implacables, omnívoras y punitivas. Estas se alimentan no solo de la proliferación de los reglamentos, sino también del consentimiento interesado de clases burocráticas pletóricas, compuestas de supuestos expertos —y de controladores al acecho— que Costanzo Preve llamaba las capas dominadas dentro de la clase dominante.

La acción coordinada del dogma liberal y de la práctica burocrática reduce las opciones a mecanismos despersonalizados, a vías predefinidas y a caprichos rebautizados como derechos, dentro de un gigantesco sistema de dependencia y adicciones. Entre la demanda de protección de la libertad individual y la expansión del Estado se disimula la relación de interdependencia entre el Estado, las burocracias y el mercado. Crecen necesaria y constantemente al unísono. El estatismo hace posible el individualismo, que a su vez exige el marco estatista. Nos volvemos cada día más individualistas y más estatistas. El papel de las fuerzas políticas es complementario.

Una alternancia sin alternativa —según Jean-Claude Michéa— en la que unos se concentran en el individualismo y el egoísmo social sin tocar el marco estatista, mientras los otros realizan la operación inversa pero equivalente. Unos y otros evolucionan en el mismo horizonte, de acuerdo con las premisas filosóficas y los resultados prácticos del liberalismo. Al uniformizar por el consumo y el interés al individuo, separado de su identidad, de su comunidad y de sus pertenencias naturales, profesionales, territoriales y espirituales, el liberalismo debe organizar el conflicto engendrado por la fragmentación de la sociedad mediante nuevas normativas, leyes, dispositivos, prohibiciones y obligaciones que solo las burocracias saben administrar, animadas por el prejuicio ideológico del progreso, de la tolerancia y de la inclusión.

El sistema lleva el nombre significativo de *gobernanza*: administración de lo existente sobre el terreno del liberalismo económico, acompañada de la producción continua de nuevos derechos, nuevos significados y nuevas reglas que deben ser garantizados por la burocracia. Los dominantes se reparten sus respectivos dominios, pero permanecen unidos y aliados en su gestión. Debajo vegeta la masa de todos los demás. El poder prefiere a los supuestos «últimos» —inmigrantes, minorías sexuales y otras categorías similares, que dependen de él para sobrevivir o hacer valer sus derechos— al resto de la población, ese ejército desarmado de los penúltimos, sobre el que pesan el peso de la injusticia liberal y la cárcel constituida por el ejército impersonal de expertos y funcionarios: el aparato burocrático, los pequeños jefes de una memorable película de Totò.

El liberalismo borra la concepción de la libertad como capacidad de dominar la búsqueda de la satisfacción inmediata de los instintos o los deseos. Se trataba de la capacidad de gobernarse a uno mismo diferidos sus instintos, sus necesidades y sus pulsiones, y renunciando a lo que se juzgaba negativo por ser contrario a la virtud y al bien. Si el resultado común a todas las corrientes liberales, de derecha como de izquierda, es la predominancia de la acción subjetiva, su esfera jurídica es el derecho positivo. Es decir, un sistema fundado en simples procedimientos —y no en principios ni en el bien común— así como en mayorías cambiantes. Las asambleas políticas legislan conforme al pensamiento dominante de un momento histórico dado, el cual es el pensamiento, es decir el interés, de la clase dominante. La formulación de las normas es generalmente compleja, oscura y contradictoria, concebida de manera que exige el arbitraje de legiones de especialistas así como una multitud de reglamentos, cuya elaboración primero, y luego cuya puesta en práctica, producen nuevas burocracias dotadas de poderes siempre más amplios, autorreferenciales y desbordantes en el vacío de la decisión política querido por el liberalismo real. El asunto de la Ilva en Italia es un ejemplo de ello: las instalaciones de ese gigante siderúrgico, estratégicas para el futuro industrial, fueron paralizadas por una decisión judicial, el orden de burócratas públicos convertido en poder autónomo.

La sustancia del sistema es la de un (des)orden que amplifica todas las formas de individualismo, a la vez que las hace garantizar por un vasto aparato jurídico, político y social del que diversas burocracias son a la vez guardianas y beneficiarias. Así, la autonomía del subjetivismo liberal, que tiende a la anarquía, es controlada, moldeada y administrada por la imposición de innumerables leyes, con la evidente consecuencia de la ampliación de la esfera de influencia del Estado y de burocracias omnívoras transformadas en policía de las conductas.

Paradójicamente, cuanto mayor es
3154110460.jpg la autonomía liberal, más omnipresente se vuelve el Estado. La libertad de ayer, constituida por relaciones y vínculos comunitarios, asociativos, morales y familiares, se reduce a favor de una emancipación que, para evitar la guerra de todos contra todos, necesita del Leviatán burocrático. El liberalismo alcanza su realización gracias al individuo liberado y al Estado controlador. El Leviatán privado, dueño de todo, dispone de una interfaz estatista y burocrática encargada —según afirma— de contener los excesos del subjetivismo absoluto del *homo homini lupus* de Thomas Hobbes. No es casualidad que este pensador inglés del siglo XVII fuera secretario de Francis Bacon, el científico y filósofo que quería dominar las fuerzas de la naturaleza para explotarlas económicamente, antes de convertirse en el modelo de referencia de John Locke, primer teórico del liberalismo en el siglo XVIII.

También de este periodo data la idea, expuesta en *La fábula de las abejas* de Mandeville, según la cual los vicios privados se transforman en virtudes cuando generan ganancia. El horizonte es el del desencadenamiento individualista de lo que Joseph Schumpeter llamará los «espíritus animales» del capitalismo liberal, insostenibles sin una sólida armadura burocrática dentro de la cual el Estado se convierte en policía.

En última instancia, el proyecto del liberalismo económico —ahora entrado en su fase libertario-libertina—, ya que agota los recursos morales y naturales en los que inicialmente se había fundado, sobrevive gracias al concurso determinante de la tecnología y a su inquietante culminación, la *fintech*, oscilando entre la anarquía subjetiva creciente y el control omnipresente y coercitivo de un aparato burocrático puesto a su servicio. El futuro próximo —y, en parte, ya el presente— deja entrever una libertad extrema en la esfera pulsional dentro de una opresión extrema. Uno de los dramas de esta contradicción —una forma de anomia o aporía que habría sorprendido a Émile Durkheim, el primero en haberla estudiado— es la tendencia del *homo* contemporáneo, que ya no es tanto *sapiens*, a reducir esta condición en forma de embudo a un simple problema «técnico», que habría que resolver con dosis más masivas de liberalismo económico y de libertarismo o de control político y burocrático, según los movimientos del péndulo entre las dos principales tendencias del arcoíris liberal. Dos soluciones igualmente destructivas, a las que hay que oponer, con paciencia, tenacidad, apertura cultural, imaginación, pero también radicalidad, la salida de la telaraña liberal-burocrática.

 

Traducción: J.L.M

 

Fuente: http://euro-synergies.hautetfort.com/archive/2026/09/25/le-systeme-liberal-bureaucratique.html

Écrire un commentaire

Optionnel